Has fracasado, fin del juego.

Has fracasado. Tienes el rostro desencajado. No miras de frente, tu cerebro te grita miles de cosas.

Te rechazaron un escrito. Te pidieron comenzar desde arriba. Alguien o algo te falló y te dejó en ridículo.

Pero, ¿sabes?, en algunos países las personas que fracasan son más estimadas y confiadas que los que nunca han fracasado.

En nuestra cultura lo hacemos al revés, el éxito es sinónimo de más éxito, pero si observas esa ecuación objetivamente, es una ilusión. Tal ilusión nos lleva a buscar siempre los caminos menos riesgosos, los más estables, haciendo nuestras investigaciones y emprendimientos cobardes o con menos capacidad de transformar el mundo.

Tal error acompaña tanto a los políticos, los empresarios, a los sesudos pensadores como al vendedor de helados. Creemos que el éxito es la recompensa que nos da algo superior por habernos portado bien. Pero, realmente, tal proyección paterna lo que hace es disculparnos de no haber evaluado correctamente nuestros actos. Entregamos a esa suerte de figura cósmica la responsabilidad de nuestro éxito, incluso, lo agradecemos sinceramente.

Pero ¿Qué sentido tiene conocer? Transformarnos junto con el mundo. ¿Y transformar? Mejorar nuestras condiciones de vida material y espiritual ¿Y tal mejoramiento? evolucionar, como evoluciona todo ser vivo. La evolución, desde el ángulo que se mire, conlleva ese delicado y grandioso equilibrio entre lo que se gana y lo que se pierde. Entre el modelo triunfante (provisionalmente) y el modelo menos adaptable. Entre el ensayo, el error, el logro y el fracaso.

Conocemos para evolucionar. Para sobrevivir y merecernos la vida. El fracaso, cuando es analizado, cuando se extraen de él todas las conclusiones posibles, nos hace más fuertes, más capaces de evolucionar. En el camino, más capaces de presentar una investigación irrefutable, pertinente, inspiradora.

En la cultura que vivimos nos piden que seamos los prometeos, que dirijamos el gran cambio que la Humanidad espera: “los científicos”, “los especialistas”, “los más inteligentes”. Pero, por el otro, nos penalizan cuando fracasamos, como si se tratase un juego de GameBoy.

El pensamiento funciona al revés, necesita ensayar y fracasar. Descubrir por error. Hacer artículos que no sirven, para que los hagamos mejor. Hacer diagnósticos que los demás consideran irrelevantes para luego afinar nuestras estrategias científicas, académicas y… políticas (porque las relaciones y manejar los códigos siempre son buenos aliados).

A los más jóvenes toca más duro. Ir por el camino que ya otros han fijado, a veces con prepotencia, hace las cosas más exigentes. Pero sobran los ejemplos de que podemos vencer esos obstáculos con pasión, vocación, rigor y persistencia.

Estás allí porque Alguien sabe que eres invencible, en este momento de tu vida. Esa gran fuerza está allí. Tú la conoces, en tu corazón victorioso, honesto, humilde y perseverante. El fracaso revelará esa fuerza.

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Claves de una reflexión brillante: El espíritu.

Un antiguo sabio español decía que los milagros no se producen fuera de las leyes de la naturaleza sino dentro de ellas. Parece cierto. ¿Qué es más milagroso, Jesús caminando sobre las aguas o los astros girando en dinámica armonía para el tiempo humano? ¿La resurrección de un hombre santo o toda la vida regenerándose en la Tierra?¿El Mar Rojo haciendo paso a un pueblo o la amorosa relación entre la luna y las mareas durante milenios de milenios?

Lo que es milagroso para los seres humanos entonces, en sí, no es lo extraordinario de un evento sino que tal evento se produce en el momento justo en que la condición humana puede comprenderlo y por ello está dispuesto a transformarse y evolucionar.

Así decía hace cientos de años Maimónides. Lo milagroso son las leyes mismas de la naturaleza pero, más aún, es nuestra conciencia de ella y lo que conmueve en nosotros. El evento milagroso, el asombro, no es más que el momento en que logramos entender la maravilla y profundidad del cosmos.

Eso es lo que hace el científico. Nada menos. Observa las leyes del mundo, las revisa y descubre pequeños tesoros dentro de ellas. Como dijimos en un artículo anterior, todo está limitado.

El científico coloca información al alcance de otros seres humanos para asombrarles. Y, como decía Platón, cuando el ser humano se asombra, conoce.

El lenguaje de las abejas, la sexualidad, la vacuna ecológica, las trampas de la política, el prodigioso emprendimiento económico, las virtudes de la zábila o aloe, las construcciones con pvc… no es más que asombro incesante, maravilla, milagro.

Cuando, por el contrario, investigamos pensando el qué dirán o simplemente pasar una etapa académica, estamos desperdiciando, no solo nuestra vocación para el nuevo conocimiento, sino también algo de divinidad que compartimos todos los seres humanos del planeta. Cuando nuestras investigaciones no son pertinentes, sino mínimas, exactas a sí mismas y no al mundo que dicen reflejar, estamos reduciendo lo inconmesurable.

Nada menos.

Maimónides fue expulsado de España por la Inquisición, emigró por Africa hasta morir en Egipto. Materialmente murió pobre. Espiritualmente se sembró en nuestra capacidad de conmovernos. Creo que hubiéramos preferido que muriese rico de ambas maneras. Aunque, de escoger, se llevó el mayo tesoro. ¿Qué cree Ud?

 

Claves para una reflexión brillante: Todo está limitado.

El conocimiento auténtico y fuera de serie solo tiene un camino: la observación. Uno observa un objeto o situación. Lo describe. Saca conclusiones de esa descripción. Luego vuelve a observar… y así. No se dejen engañar. Las observaciones prefabricadas, como las teorías o las disciplinas, deben ser instrumentos, jamás verdades.

La ingeniería no es una realidad. Es una ilusión prefabricada. La economía no es real, es un sistema de conocimientos acumulados, nada más. La medicina cura gente, pero no es la única manera de hacerlo. Todas las disciplinas y teorías son útiles como es útil un martillo a la hora de clavar un clavo. Pero si una piedra lo hace mejor, siéntase cómodo: guarde el martillo en un cajón.

Si uno piensa así, se aprecia la contribución del pensador que vino antes, pero sin endiosarlo. Porque todo conocimiento está limitado a su contexto, enfoque y autocapcidad. Simplemente, no es posible producir un conocimiento sin límites, no a escala humana.

Cuando usted vuelva a observar un órgano, la resistencia de un material, el movimiento de las abejas, un comportamiento electoral o el multiplicador bancario, siempre tiene una ventaja sobre todo lo que se ha observado antes: nunca había sido observado por un cerebro como el de Usted.

Observe, medite, vuelva a observar, hágase preguntas pertinentes, cuide los detalles, no deje espacio a la pereza o a la vanidad, encuéntrese realmente con el mundo que le tocó vivir. Y cuando encuentre la respuesta, no se vanaglorie. Todo es limitado y vendrán otros cerebros. Así que, hágalo bien, con rigor, con pasión, con humildad.

El Talmud, coincidiendo con la tradición budista, considera que el hombre fue hecho para preguntar más que para responder. El camino de nuestra evolución estaría centrado más en nuestra capacidad en hacer las preguntas adecuadas que en responderlas.

La tradición helénica de la ciencia nos pone las cosas al revés: la ciencia se presenta como un conjunto de respuestas. Por ello las bibliotecas y las enciclopedias no preguntan, responden. Eso, claro, da tranquilidad a la inquietud humana. Pero es precisamente esa inquietud la que mueve y transforma el mundo.

Por eso nuevas respuestas traen muchas nuevas preguntas.

Por eso los cambios traerán más cambios.

 

Descubra cómo un venezolano determinó la verdadera antigüedad del hombre americano.

En la escuela, los niños del continente han estudiado mucho sobre los orígenes del hombre americano.

La mayor parte de los yacimientos datables consisten en puntas de flecha en Norte América. Por ello se había convenido
que la teoría más satisfactoria sobre el poblamiento de América era: “pasaron por el Estrecho de Bering alrededor de los 9500 años antes de Cristo”.

En otras palabras, si los yacimientos más numerosos consisten en puntas de flecha con restos de animales cazados hace 11500 años, difícilmente se podría sacar otra conclusión. Luego, por razón de las glaciaciones se corrigió la teoría hasta hace 13 mil años. Fue una teoría sólidamente afianzada por la propia academia norteamericana.

Contra esa teoría se levantaban pocos yacimientos aislados. Uno en Monte Verde I y II (Chile), en Pedra Furada (Brasil) y algunos otros. Estos yacimientos trataron de sostener la idea de que el hombre americano usaba la madera y otros utensilios orgánicos que, lamentablemente, se biodegradaban con los siglos. La presencia de puntas de flecha de piedra solo indicaba que se usaron piedras en ese período y en esa zona, pero el hombre habría estado allí mucho antes. Sin embargo, fueron desestimados varias veces por sus inconsistencias técnicas (incluso aparecieron restos extrahumanos y hasta un refresco).

La piedra en el zapato

Josep María Cruxent escapó de España luego de la Guerra Civil española. Había sido militante y soldado republicano. Llegó sin estudios formales a suelo venezolano para comenzar de cero.

Contra todo pronóstico, decidió ser arqueólogo de oficio. Entre muchas cosas, formó parte de la expedición que reconoció las cabeceras del Orinoco, la cual sirvió para reconocer 4 mil kms2 más de territorio venezolano. También organizó la más importante cronología de loza arqueológica en Venezuela.

Pero, en Taima Taima, cerca de la Vela de Coro, realizó un yacimiento muy
importante. Seguía la línea de sus investigaciones cuando encontró la punta de una piedra de lanza incrustada entre los huesos de un mastodonte que databa, según el carbono 14, de 13 mil años de antigüedad. De tal modo que, si el hombre Americano había pasado el Estrecho de Bering y ya tenía 13 mil años de antigüedad en el medio ecuatorial del continente ¿En qué fecha habría realmente entrado a América? ¡Echaba todo por tierra!

Finalmente, los descubrimientos genéticos de los años 90 revelaron la verdad de Taima Taima y de muchos otros yacimientos del sur de América. El código genético cambia cíclicamente permitiendo formas de evolución. Los indígenas vivos tienen un ADN que dice que sus parientes son de Siberia y que entraron a estas tierras hace 22 mil e incluso hasta hace 43 mil años.

“En Venezuela me abren las puertas, me abren el corazón. Aquí encuentro lo que vine a buscar, porque vine como un inmigrante español que huía de la dictadura de Franco. Por todo eso yo le prometí a Venezuela darle su prehistoria, porque no la tenía, lo que había aquí sobre este tópico era muy poco. Venezuela me dio vida, me dio ilusión, ganas de vivir. Yo creí necesario cumplir con un deber, dar lo poco que sabía, yo venía a eso… Y cumplí”. Así dijo alguna vez Cruxent.

En el 2005, Cruxent murió a los 95 años en su casa de Coro, investigando.