Muchos años tiene La Mandrágora

Si hubiera sido una comedia no me hubiera reído tanto
Antonella Martínez

El día jueves 8 de Mayo asistí a una obra de teatro excepcional, cuyo agradable recuerdo guardaré toda la vida. Dado que sucedió en el Centro comunitario Matnás Vollemberg de un barrio de Asheklon, Israel, no hubo críticos de The Guardian o el NY Times, de tal modo que me remito a repetir las palabras de Antonella, mi esposa y mejor crítica: “Si hubiera sido una comedia, no me hubiera reído tanto”.

La obra fue adaptada y dirigida impecablemente por Jaime Berman a partir de la obra “La Mandrágora” de Nicolás de Maquiavelo, organizada por la OLEI de Ashkelon para el grupo de teatro La Máscara. Pero la genuinidad de la obra consiste en que fue actuada íntegramente por personas de edad muy avanzada. El mismo director declara al final de la obra, “si se suman los años de los actores, terminarían todos descendiendo del Arca de Noé”.

No es una pieza en la que uno se entera si los actores son buenos, la escenografía audaz o la dirección concienzuda. No. Por el contrario, es una obra de genuino teatro contemporáneo donde la sorpresa es la protagonista más importante. De hecho, el resultado es muy superior al proceso, es decir, a lo que incluso el director y los actores esperaban.

Cuando comenzó la obra, los más de 7 meses de entrenamiento se veían sólidos, pero luego, algo desplomó toda la cadena de entradas y diálogos. Una colaboradora del público, joven, derrumbó estrepitosamente el tendedero de ropa que había en la escenografía. El director atravesó la escena, al menos una 6 veces, disfrazado de un mamarracho llamado Ligurio, para pedirle al sonidista la entrada musical que nunca estaba a tiempo. El Padre Petaca, que tenía que estar anunciando la llegada del Cardenal durante toda la obra, se desapareció de escena para ir al baño. El director fue a buscarlo y lo puso en su puesto nuevamente. Los actores adelantaban sus parlamentos, y luego los repetían diciendo “ya esto lo repetí”. Algunos actores decían los diálogos de otros actores y otros, por consecuencia, carecían de diálogo. El director salió una y otra vez, vestido de Ligurio, para poner astutamente en boca de sus actores el diálogo roto, cuya secuencia, invariablemente, se volvía a romper. Como resultado, el hilo narrativo de toda la obra abandonó el guión original por diálogos “de contrabando”, como por ejemplo:

-Ahora ¿Por qué no le pedís un regalo al Padre?, y tú ¿Por qué no aceptás el regalo, agradeciéndole?
-Eso… yo acepto gustoso el regalo del esposo…
-…del padre
-… eso, del padre pero ¿Por qué tendría que agradecerlo?
-Si, tenés que agradecerlo porque, porque… [señalando al techo insistentemente]
-¡Ah, el techo de la iglesia!…
-¡Siiii, el techo de la iglesia!!

Las Hermanas del Convento salieron por la puerta equivocada. Al Padre Timoteo, de repente, se le “entumecieron las palabras”, y su interlocutor no pudo más que preguntarle “¿Pero… ¡qué te pasa en la boca!!?” El público advirtió un problema con las planchas dentales y se desternilló de la risa. Nuevamente el director, disfrazado de mamarracho, salía a buscar al sonidista, ya agotado, para pedir una entrada musical que nunca estaba a tiempo, gritando “¡la trece, la trece!!”, y, ante la mirada interrogativa del sonidista, decía en voz alta: “¡coño, si éste no habla castellano!!”. Cuando ya no era posible imaginar otro equívoco, en medio del Segundo Acto, todos los actores entraron al cuarto de la bella protagonista, quien según la historia tenía que acostarse con un hombre que no era su esposo. Y se quedaron todos, los 11 actores, adentro, en silencio, dejando al publico en suspenso por más de 4 minutos. Luego salieron, como si nada.
Todo eso sucedió con una sonrisa desenfadada, escondida en la comisura de los labios de todo el staff, la cual delataba que allí nadie estaba sufriendo y que, de hecho, disfrutaban verse caer por el desfiladero. El público lo entendió y se dejó llevar por la interminable cadena de equívocos, convirtiendo la obra en una de risas, suspenso y sorpresas.

Cuando terminó la obra, entre aplausos entusiastas, el Director dijo, quitándose el disfraz frente a todos: “Uds. seguramente han creído que todos estos errores fueron reales… Y , sí, fueron reales”… “Pero Uds. quizás no se han dado cuenta de que esto que ven aquí, es único en Israel. Es una obra con muchas entradas, con diálogos complejos, pero ellos aceptaron el reto. No conozco ninguna agrupación de teatro en todo el país con personas de tan avanzada edad… Y espero que no haya otra”. Las risas y los aplausos inundaron el teatro. Entonces una Monja, al final, intervino para decir “Quiero agradecer al Director porque nos hizo sentir útiles. Nos hizo sentir que sí podíamos”.

Muchos años tiene La Mandrágora, pero de vida por delante. Nos hizo sentir más vivos, más sabios y más felices.

Ojalá puedan volverla a presentar. Aunque el resultado sea imprevisto, como debe ser.

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