¿Cómo vencer?: Curar las heridas. Pensar simplemente

  1. La política de toda Victoria

Al mirar hacia atrás América Latina está llena de contraejemplos de lucha. Estamos llenos de victorias fallidas: la gesta emancipadora, la revolución sandinista, la insurrección de los 60, la revolución cubana… todos nuestros antecedentes son fracasos. Bolívar fallece sin ver la unidad latinoamericana. América sumida en guerras civiles por siglos, unas más sangrientas que otras, ninguna capaz de generar una reforma agraria moderna y justa. La guerra de resistencia contra la CIA, la derrota del FSLN y su posterior desbandada ideológica. Una larga lista de familiares desaparecidos, muertos y torturados, de toda América Latina, sin ver la revolución que soñaron. Los que vieron la Revolución, como la cubana, la vieron convertirse en el predio de un puñado de nuevos aristócratas sin corbata. Nuevas tiranías refrescada por vientos de revolución de los cuales se apropiaron, sin pagar respetos ni derechos a sus muertos.

Venezuela se ve de frente a un combate inorgánico y desigual contra una tiranía moderna, que nada tiene que ver con los principios revolucionarios que la fueron germinando. Si no tenemos precedentes exitosos ¿Qué hacer? ¿Cómo ganar realmente? ¿Cómo hacer para que se despojen del poder? ¿Y luego?

 

La enseñanza siempre ha estado allí, solo que no está en nuestros libros escolares de historia o en Las Venas Abiertas.
Es una lección simple y clara. La política, mientras más se parece a la vida real, más eficiente es. La política no es una condición artificial de la vida. Es simple como la vida.
Queremos que la Guardia vaya a la playa con su familia y amigos, queremos los policías paguen sus deudas del carro, unas merecidas vacaciones, queremos que los estudiantes se gradúen porque les gusta estudiar y no porque quieren sobrevivir de una pesadilla de sangre y lacrimógenas, queremos que los corruptos se vayan y devuelvan el dinero o que, en el mejor de los casos, nos convenga su salida. Queremos que el chavismo deje de ser lo que ha sido, no que desaparezca. Queremos que la delincuencia no sea una opción para nuestros jóvenes.
2. Vencer con el otro

 

Si queremos estas cosas simples, cambiar el sistema es simple. Hay técnicas para hacer esto y mucho más, para atraer capitales, para modernizar la mano de obra y entrar al mercado global, para reducir eficientemente la delincuencia. No es verdad que no se puede, que somos una suerte de personas con discapacidad política. Somos gente simple que se pone de acuerdo en cosas simples.

 

Es simple, tan simple, que nos da pena hablar en términos de tal simpleza. Simple es ser realistas, no optimistas ni mucho menos pesimistas. Es ver qué hay y reconstruir las partes de una sociedad herida y maltratada. Pero que es la sociedad con la enfrentaremos esta vida antes de morir, y el futuro de las nuevas generaciones. No es otra.

 

Hay que ir a la playa. Hay que olvidar un rato. Hay que lavarse el cerebro de las ambiciones que nos impiden avanzar, y que impiden avanzar a los demás.
Los delitos de lesa humanidad no prescriben. Pero todos hemos alimentado el mismo monstruo. Hay que tratar de reconocerse como humanos, perdonar, perdonarnos. Y eso tiene mucho más poder que la más fatídica pena. Hay que ver el campo de lirios, como describía Salomón, así, la divina desnudez de los campos.
3. Ideas ricas. Ideologías pobres

 

La política de las ideologías y las fórmulas, como el leninismo, como el bonapartismo, son muletas de la ausencia de creatividad. Sustituyen nuestros deseos verdaderos por fórmulas que, además, nunca demostraron verdaderamente su utilidad.

 

La política debe estar hecha con cosas simples. No con compromisos de odio, o manuales de economía política que, además de ineficientes, luego la gente real, concreta, que va aplicarlos, nunca entiende.

 

Chávez no entendía de socialismo, ni la gente. La gente entendió lo que era simple: la regaladera que se puede aprovechar de ese mal mentado socialismo. Cuando el chavismo fracasó, los chavistas dicen que culpa resultó ser de la gente que “no entiende el socialismo”. Pero nadie sabía nada realmente. Y despertar de esa maraña de consignas resulta ser fastidioso.

 

Pero solo hay eso, playa, hijos, un mango jugoso, hermanos, venezolanos, producir, ganar, ganar junto a todos, educarse, disfrutar un buen libro o un versículo apropiado. Una chica que te sonríe. Caminar y respirar. Solo hay eso en este mundo. Comer rico y ojalá sano. Un campo de lirios que cubre la desnudez de los campos. No hay trajes de colores y piedras preciosas.

 

La gente está angustiada, solo entiende que hay que salir de Maduro. Pero ¿Y si no sale? ¿Y si sale de manera que a nadie le gusta? ¿Y si salir de Maduro tiene consecuencias que nadie quiere ni necesita sufrir? ¿Qué se hará con este país de monstruos?

 

Son preguntas que nacen de la intensidad de las consignas políticas, del dramatismo del momento y los compromisos, de esos tatuajes que distraen nuestra piel de ser amada.
Por eso hay que poner todo en el terreno de lo simple. En el humor, en bailar. El exceso de intensidad no permite pensar con claridad. El exceso de humor, dicho sea de paso, tampoco. Pero hay que ajustarse a la realidad tal como ella es. La consigna política es útil en un momento, pero no es la realidad.

 

La realidad es que quien jala el gatillo puede simplemente no jalarlo. Quien odia puede dejar de odiar. Quien siembra mucho, aprende a cosechar. Que reir provoca risa. Que el perdón cura. Que Maduro se puede ir y no pasa nada, nadie se tiene que morir por eso. Que gobernar no es un arte enrevesado de Harry Potter, o Friederich Engels. Que todo es más simple.
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