La Neurona-Espejo

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¿Por qué ver comer da hambre? ¿Por qué una sonrisa amorosa despierta amor?

¿Por qué una ofensa genera otra?

¿Por qué el llanto del bebé produce leche en el seno materno? ¿Por qué el éxito produce emulación y envidia?

¿Por qué se oscurece el que maldice? ¿Por qué el que bendice parece como abrir una puerta?

¿Por qué los colores vivos nos invaden? ¿Por qué los tonos mayores y alegres compensan la tristeza del día? ¿Por qué la delicada voz del amante nos calma?

¿Por qué motiva tanto la libertad? ¿Por qué la sexualidad inspira más sexo? ¿Por qué los hombres son atraídos por la ternura femenina y sus esferas? ¿Por qué las mujeres encuentran belleza en hombres que no parecen tenerla? ¿Por qué pocas palabras cambian la mente y el alma? ¿Por qué se ama [o se odia] a los padres?

¿Por qué da más el que intercambia? ¿Por qué entran todos los universos, incluso desconocidos, en nuestros sueños? ¿Por qué se da perdón y gracias en todas las condiciones humanas? ¿Por qué se saludan todas las mañanas en cada parte del mundo?

¿A qué leyes de la naturaleza pertenecemos, que los más sesudos científicos no saben explicar?

¿Por qué crezco cuando me acaricias?


¿Por qué?

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La Magia

bailarina comprimida

Hubo un tiempo en que no hubo locos. Eran parte del paisaje pues eran, por decirlo de algún modo, parte de la diversidad sicológica.

Hubo un tiempo en que no hubo científicos. Los hombres de ciencia realizaban importantes logros cada mucho tiempo, los experimentos requerían de financistas que no existían y los (las) investigadores (ras) independientes eran perseguidos (das) a muerte.

Hubo un tiempo en que cada cosa se hacía a la vez. No habían máquinas que multiplicaban la producción, el artesano comenzaba el siguiente producto cuando ya había terminado el anterior.

Hubo un tiempo en que el sexo genital era mucho más peligroso que el anal. En que ir de un pueblo a otro implicaba riesgos mortales. En que la movilidad social solo existía por el efecto de las lámparas de Aladino. En que besar era contraer el aliento de tu pareja. En que tener hijos dependía de que no tuvieses más de 30 años. En que la belleza física era un asunto de los 15 a los 25 años. En que comer era sinónimo de unas tres o cuatro recetas casi toda tu vida. En que el café era el resultado de un gigantesco esfuerzo de la sociedad por conjugar el azúcar y el tostado. Ni que decir de tomar un café en Europa.

Los reyes de España bebían café en una vajilla china que había sido llevada en barco de Macau a Filipinas, de allí hasta Acapulco, de allí por tierra hasta Veracruz, y de allí, sorteando piratas y corsarios, llegaba a Cádiz. En eso consistía el imperio español, quizás el más grande antes del capitalismo.

Hubo un tiempo en que el francés no había sido inventado y el castellano implosionaba en cientos de dialectos en la profundidad de América. Hasta que llegó la escuela y luego la radio.

Hubo un tiempo en que el cáncer no existía, o no se reconocía, de raro que era. Que los ancianos tenían 65 años. Que la gente no tenía dientes. Que no siempre donde había agua había jabón. Que la gente se curaba yendo al mar y bebiendo un poco de océano.

Las riquezas metropolitanas no eran tan distantes de las periféricas. Los polos llegaban hasta New Brunswick, en Canadá. Las ciudades del Caribe debieron oler a frutas podridas, aguas estancadas y las moscas se combatían con abanicos.

Ese tiempo no fue hace mucho. Hace menos de unos doscientos años, unas menos de 6 generaciones. Entonces nada de lo que aquí se comenta era sorprendente.

Hoy hablamos con la soberbia de nuestro tiempo. Ayer hablábamos con la soberbia de aquel tiempo. Y mañana hablarán con soberbia de nosotros, como este artículo habla de nuestros tatarabuelos.

La magia consiste en transitar por el efluviante corredor de la sangre humana sin detenerse en las trampas de lo perecedero.

Entonces… ¿Cómo ingresamos nuevo conocimiento en nuestro entorno?

LuisMorenoAragua-1.jpgEn la entrega anterior pusimos un círculo. Allí, en algún punto, Ud. ha podido saber qué parte está jugando en el truculento juego de ingresar nuevo conocimiento en su entorno.

Si Ud. se fija con atención, realmente ese círculo no da ninguna opción. Es prioritario que Ud. entienda la parte que le tocó jugar. Es la base de su táctica. Pero las tensiones empujadas por sus propias carencias, los juegos de poder de su entorno inmediato y las adquisiciones ideológicas de su sociedad o institución siempre van a estar allí, en mayor o menor grado.

Ni es posible que Ud. tenga un conocimiento integral del tema que indaga ni de las formas que debe cuidar. Ni es posible contar con que los jefes desatiendan sus problemas de estatus y prestigio.

Ni es posible vencer totalmente la tentación que tienen las sociedades en dañar el conocimiento nuevo a favor de la ilusión democrática de convencerse de lo que ya están todos convencidos. Obsérvelos: todos, una y otra vez, en la gran asamblea, ratificados y reasegurados por el ilusorio debate público. Ud. no les va a quitar fácilmente ese placer.

Es simplemente demasiado importante para una sociedad tan amenazada por la desigualdad y la discriminación utilizar el debate público para certificar la voz de las mayorías, el a veces mal llamado “sentido común”, o peor aún, la ideología normativa dominante.

Lo único, lo fuera de forma y norma, lo profundamente (y no aparentemente) transformador está simplemente en desventaja. De hecho, si no fuese así, la capacidad transformadora de ese nuevo conocimiento no fuera tal.

Entonces, si ingresar nuevo conocimiento es tan difícil ¿Qué hay que hacer?.

Aférrese a la grandeza. Si Ud. contiene la fuerza de la transformación, libérela. Establezca plenitud. Inunde paz. Haga sentir la esperanza que se esconde detrás todas sus palabras. Sonroje. Justifique, no excuse. Transmita su pasiones. Explique rigurosamente todo: no desatienda a la voz de la lógica. Ud. tiene la obligación de ser implacable.

Piense en el sentido del humor. Piense, no en los chistes, pequeños escenarios imaginarios donde todo es posible. Piense en la esencia del humor: la grandeza, la superación de la mezquindad que por tanto tiempo nos tuvo atados. Compruebe una y otra vez, que toda esa explicación previa, llena de lógicas y rigores tiene manifiestamente humor.

¿Por qué?

Porque el conocimiento es asombro, decía Platón. Si Ud. no asombra no enseña ni aprende. Además, escúcheme muy bien, cuando hable, déjese asombrar Ud. mismo. Porque Ud. no es dueño de ese ni de ningún conocimiento.

Eso, aunque tantos digan lo contrario, lo sabemos todos en lo más íntimo.

Imagínese como si fuésemos parte de un Plan Divino que se divierte haciéndonos creer grandes verdades que se derrumban como hormigueros.

Adelante. Ud. es parte de ese Plan Divino. Y…. si el Eterno está con Ud., nadie estará contra Ud.

 

¿Cómo introducir nuevo conocimiento?

El que mucho sabe siempre se enfrenta al lastre que le generan los que menos saben…

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…pues los que menos saben se verán muy tentados en hacer todo lo que sea necesario para impedir el opacamiento. Eso pasa porque el conocimiento genera estatus e intercambio de estatus y… porque el conocimiento, por su naturaleza, puede medirse por diferentes varas. Los que menos saben suelen saber de nuevas o viejas varas que les permitirán al menos “equipararse” al buen conocedor. Y la tentación de equipararse o incluso, ridiculizar al buen conocedor, suele ser mucha.

Que se entienda bien: Casi en ningún caso el status del maestro, jefe o colectivo pretende ser menos importante que su conocimiento. A veces es, incluso, más importante. Esto se debe a que, por un problema de economía de esfuerzos, se invierte mucha confianza en la fuente del conocimiento. Tal confianza es estatus. Por tanto, deseche la idea de que el conocimiento que Ud. ha logrado con tanto brillo le servirá como una coraza de acero. A diferencia del proverbio bíblico, el estatus moverá en sus jefes y evaluadores las varas ajenas con las que Ud. será medido.

Por otra parte, el que poco sabe se enfrenta al lastre mismo del conocimiento. Los que más saben no se sentirán amenazados en su estatus y les será sencillo aprobar magnánimamente o, simplemente, rechazar.

En una sociedad, o círculo social, donde se valoran más los beneficios democráticos de la educación y la producción que el mismo conocimiento, el que menos sabe podría muy bien estar más protegido por la magnanimidad de los que lo evalúan o dirigen. El juego es simple: el evaluador o jefe gana o ratifica su estatus a la vez que el generador de conocimiento empobrecido logra una aceptación extraordinaria de su producción. Todo luce democrático, horizontal, justo, aunque los resultados sean, en el mejor de los casos, escasos.

En una sociedad o círculo social donde se valoran más los beneficios transformadores del conocimiento, el que menos sabe se verá obligado a generar aunque sea algún brillo frente a evaluadores y jefes profundamente intolerantes. Es lógico: el estatus ahora no depende de la magnanimidad sino de la importancia del nuevo conocimiento. El nuevo conocimiento debe parecer lúcido, justificar el esfuerzo de la sociedad por sobrevivir y expandirse, aunque sea limitado.

De esto se desprenden, entonces, tres tensiones: el que mucho sabe vs. el que poco sabe, el conocimiento pertinente vs. el estatus y la motivación democrática (por encima del conocimiento) vs. la motivación por el conocimiento transformador (por encima de la democracia). Claro que hay muchos más factores (por ejemplo: a su sociedad no le importa el nuevo conocimiento, el estatus está signado por un grado religioso, el que mucho sabe no tiene los códigos culturales para expresarse con justeza, etc.), pero estas tres tensiones son común denominadores de todo escenario con condiciones mínimas para introducir nuevo conocimiento. La primera es una tensión del que está conociendo, la segunda de los que evalúan y dirigen, y la tercera es de la sociedad o la institución social.

Este es el gráfico. Ubíquese Ud. mismo allí con un punto. Con eso, tendrá un próspero diagnóstico de su situación:

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De tal diagnóstico dependerá la estrategia, como se ilustrará en una próxima entrada de Creartesis.

El verdadero arte de la apariencia

Póngase frente al espejo. Obsérvese con cariño. Ahora escuche lo que el espejo tiene que decirle.

saltamontes en florNo haga caso de aquellos que le dijeron que la belleza es la medida, que la elegancia es la única forma de inspirar respeto o que el desdén es libertad. No haga caso de la voz que le tortura hablando de gordura, estrías, canas, arrugas, ojeras y tantas otras cosas que parecen deformadas. Silencie por un tiempo el peso que lleva encima por ser extranjero, color de piel extraño, con discapacidad (capacidad diversa), indígena, pobre, desnutrido o poco agraciado. Baje el volumen de su historia personal, aquella que ha marcado o empieza a marcar su cuerpo. Obsérvese y escuche lo que ese maravilloso cristal tiene que decirle.

En primer lugar entienda que esa imagen es real, objetiva. Es Usted. La gracia, carisma, respeto, emocionalidad, locuacidad o prestancia encuentran en su imagen física su más importante canal de potenciación, aunque también sus límites.

No haga caso de aquellos que le dicen que su apariencia es lo más importante o que solo es secundaria. Su imagen es, simplemente, parte de un juego. Cuando Usted deba defender un conocimiento, detallarlo, anunciarlo, compartirlo, debe saber esto: su imagen es a su necesidad de comunicarse lo que el campo y la geografía son al estratega de guerra. Usted, como el estratega, no puede lograr nada si no entiende esto.

La apariencia es un material más en el juego del conocimiento y es casi imposible escapar de ella.

Por ejemplo, si Usted tiene una apariencia corriente, es posible que Usted deba confiar en un uso más audaz de sus palabras. Si Ud. tiene una apariencia intelectualmente dominante es posible que Ud. deba confiar en la sencillez de sus palabras. Si su público fue extraído de un contexto muy diferente al suyo es posible que Ud. deba  confiar en potenciar esa diferencia.

El conocimiento trasluce la maravilla del mundo que conocemos, pero no por ello es neutral a los ojos de la gente, colmada de afanes y prejuicios largamente consumados.

Ud. será el significante, canvas y soporte de ese conocimiento, pues sus palabras y apariencia le darán vida. Por eso la apariencia es tan importante. Recordarán lo que Ud. enseñó a través de su rostro, su cuerpo y su movimiento. Y, como Ud. no puede inventarse ser alguien que no es, recordarán esa parte del “Usted” que sirvió para desanudar el conocimiento.

Luego, en segundo y último lugar, aprenda dulcemente a deshacer esa estrategia. No se la crea totalmente. No la anude a su vida. Su imagen íntegra le pertenece y solo es suya. Recupérela…

…Como un estratega de guerra que vuelve a su antiguo campo de batalla para disfrutar de la brisa de la tarde.

foto: Sara Aniyar

El fin del optimismo [un esfuerzo a favor de la realidad]

titanicEsta entrada comienza con Marx, un Marx menos conocido.

Es famosa su frase “La religión es el opio de los pueblos”. Marxistas de boina al igual que muchos anti-marxistas han secuestrado esta frase para sus batallas personales.

Esta es la frase completa, dentro de su contexto:

La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo.1

Realmente Marx no hablaba de teología y, por tanto, tampoco hablaba en contra de la religión en sí misma. Marx hablaba del optimismo. De cómo la religión es usada para generar un optimismo sin límites en las masas, cuando sus condiciones son realmente desesperadas. El opio de su frase no es como la idea de mordaza o de un psicotrópico que convierte a la gente en zombies, sino la necesidad de trascender, de generar alivio en un mundo de sufrimiento. Es un opio medicinal, como un ibuprofeno. Aunque no por ello, sea la cura.

El optimismo nos disipa la incertidumbre y el dolor. Por ello, aunque los ángeles pueden existir, los usamos para adormecernos.

El optimismo sin realidad es un gran problema. La cultura está llena de peligrosos libros de autoayuda y frases como “mi amor, con fé todo se puede”. Pero esas son verdades a medias. La vida deja evidencias contundentes de que las cosas no cambian solo con fé. Hay que planificar, evaluar, concertar y, solo entonces, con muchísimo optimismo y fé, actuar y revisar. Solo entonces el optimismo puede darse el lujo de superar a la realidad.

Investigar una idea que luce fenomenal, poética, audaz y sobresaliente es siempre insuficiente. Las ideas deben ser exploradas en la justa realidad que les rodea. Solo así se obtiene de ella su verdadera magia.

Porque la realidad es más sobrecogedora que la imaginación. La imaginación es maravillosa solo cuando tiene sus pies bien puestos en la realidad. Llegar a esta imaginación maravillosa muchas veces solo es un asunto de paciencia y madurez.

Por ello, algún sabio del camino dejó esta frase marinera:

El pesimista no levanta las velas, “sabe” que el viento no vendrá.

El optimista levanta las velas, “sabe” que el viento vendrá.

El realista observa, escucha… y aprende a leer el viento.

 

 

1[sigue…] “Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real. La exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones” (Marx, Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, 1844).

Has fracasado, fin del juego.

Has fracasado. Tienes el rostro desencajado. No miras de frente, tu cerebro te grita miles de cosas.

Te rechazaron un escrito. Te pidieron comenzar desde arriba. Alguien o algo te falló y te dejó en ridículo.

Pero, ¿sabes?, en algunos países las personas que fracasan son más estimadas y confiadas que los que nunca han fracasado.

En nuestra cultura lo hacemos al revés, el éxito es sinónimo de más éxito, pero si observas esa ecuación objetivamente, es una ilusión. Tal ilusión nos lleva a buscar siempre los caminos menos riesgosos, los más estables, haciendo nuestras investigaciones y emprendimientos cobardes o con menos capacidad de transformar el mundo.

Tal error acompaña tanto a los políticos, los empresarios, a los sesudos pensadores como al vendedor de helados. Creemos que el éxito es la recompensa que nos da algo superior por habernos portado bien. Pero, realmente, tal proyección paterna lo que hace es disculparnos de no haber evaluado correctamente nuestros actos. Entregamos a esa suerte de figura cósmica la responsabilidad de nuestro éxito, incluso, lo agradecemos sinceramente.

Pero ¿Qué sentido tiene conocer? Transformarnos junto con el mundo. ¿Y transformar? Mejorar nuestras condiciones de vida material y espiritual ¿Y tal mejoramiento? evolucionar, como evoluciona todo ser vivo. La evolución, desde el ángulo que se mire, conlleva ese delicado y grandioso equilibrio entre lo que se gana y lo que se pierde. Entre el modelo triunfante (provisionalmente) y el modelo menos adaptable. Entre el ensayo, el error, el logro y el fracaso.

Conocemos para evolucionar. Para sobrevivir y merecernos la vida. El fracaso, cuando es analizado, cuando se extraen de él todas las conclusiones posibles, nos hace más fuertes, más capaces de evolucionar. En el camino, más capaces de presentar una investigación irrefutable, pertinente, inspiradora.

En la cultura que vivimos nos piden que seamos los prometeos, que dirijamos el gran cambio que la Humanidad espera: “los científicos”, “los especialistas”, “los más inteligentes”. Pero, por el otro, nos penalizan cuando fracasamos, como si se tratase un juego de GameBoy.

El pensamiento funciona al revés, necesita ensayar y fracasar. Descubrir por error. Hacer artículos que no sirven, para que los hagamos mejor. Hacer diagnósticos que los demás consideran irrelevantes para luego afinar nuestras estrategias científicas, académicas y… políticas (porque las relaciones y manejar los códigos siempre son buenos aliados).

A los más jóvenes toca más duro. Ir por el camino que ya otros han fijado, a veces con prepotencia, hace las cosas más exigentes. Pero sobran los ejemplos de que podemos vencer esos obstáculos con pasión, vocación, rigor y persistencia.

Estás allí porque Alguien sabe que eres invencible, en este momento de tu vida. Esa gran fuerza está allí. Tú la conoces, en tu corazón victorioso, honesto, humilde y perseverante. El fracaso revelará esa fuerza.