El Carbono Cruxent

Artículo para la exposición “Catalanes en el Orinoco”

Museo Etnológico de Barcelona.

Daniel Castro Aniyar

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No es posible contar la historia de Cruxent sin algún componente épico,  porque él mismo quiso vivirla de ese modo. Como en los relatos de los caballeros andantes, José María Cruxent fue un hombre fuerte, carismático, genial, indeclinable y conflictivo hasta el día de su muerte, en el 2005, en una casa de la región agreste de Falcón. Con más de doscientos títulos publicados entre artículos y libros,  levantó el polvo de las leyendas en el entorno científico, en los estudiantes y en los nuevos caballeros andantes que le sucedieron. Además, como si esto no fuera suficiente, fue quizás el arqueólogo más importante de América. Esta, modestamente, es su historia.

La antigüedad del primer americano

La arqueología americanista había debatido por décadas la base toda su disciplina: el origen del Hombre Americano. En casi todos las escuelas secundarias del continente los estudiantes se encontraban con una discusión que entrañó años de esfuerzos, financiamiento e imaginación, por lo menos, a las academias estadounidense, argentina, mexicana y francesa. Los peruanos y brasileños entraron luego. ¿Provenía el primer americano de Asia o era autóctono, como sostenían algunos científicos argentinos? Y si vino de Asia ¿Cómo llegó? ¿Navegando hasta Las Galápagos?¿Por las placas de hielo que habrían unido Australia con Chile? ¿Por las placas que conectaron las aún gélidas Kamchatka y Alaska? Y de ser así, ¿Por qué los Innuit no se asemejan lo suficiente a sus pares del resto del continente?

Durante muchos años las evidencias fueron abultando el saco de la teoría norteamericana, la cual proponía que el Hombre Americano entró por el Estrecho Bering. La mayor parte de los yacimientos datables consisten en puntas de flecha en Norte América. Con el tiempo, tales yacimientos se hicieron muy numerosos y el trabajo de los científicos norteamericanos adquirió una enorme ventaja por esta incesante aparición de puntas de flecha en todo el sub-continente. Eran tantos los yacimientos que el trabajo realmente consistió en la cronologización de estas puntas. El Carbono 14 estableció la mayor antigüedad en un estilo llamado “Clovis”, por el nombre del poblado Texano/Nuevomexicano que se acercaba al yacimiento. La proliferación de puntas Clovis coadyuvó a que se llamara Cultura Clovis a los usuarios de estas puntas en su lucha por obtener comida de la megafauna paleolítica. Por todo ello se había convenido que la teoría más satisfactoria sobre el poblamiento de América era: “vinieron de Asia por el Estrecho de Bering alrededor de los 9.500 años antes de nuestra era”. La edad de la Cultura Clovis.

En otras palabras, si los yacimientos más numerosos consisten en puntas de flecha con restos de animales cazados hace 11.500 años, difícilmente se podría sacar otra conclusión. Luego, por razón de las glaciaciones y de la redefinición del año del radiocarbono, se corrigió la teoría hasta hace 13 mil años. Fue una teoría sólidamente afianzada por la propia academia norteamericana.

Pero no era incontestada. Los arqueólogos latinoamericanos y europeos habían encontrado al menos en Monte Verde II (Chile) y Pedra Furada (Brasil) yacimientos aislados que hablaban del doble del tiempo: 30.000 y mucho más allá. Además, si la teoría partía de que la entrada fue por el Norte del continente, los 30.000 años en Chile o los 60.000 años en Brasil requerirían datar la entrada mucho antes.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa arqueología norteamericana respondió acusando a los yacimientos latinoamericanos de contaminados y mal levantados. En algún momento se habló de una botella de refresco cerca del yacimiento. Este debate fue agrio y opuso a ambas academias por mucho tiempo, esto es, al menos desde los años 30, fecha en la que se estableció la antigüedad de Clovis, hasta los años 80.


El debate no dejó de acumular un lado novelístico. Los yacimientos latinoamericanos trataron de sostener la idea de que el primer Hombre Americano usaba la madera y otros utensilios orgánicos que, lamentablemente, se biodegradaban con los siglos. La presencia de puntas de flecha de piedra solo indicaba que se usaron piedras en ese período y en esa zona, y no refutaba la hipótesis de que el humano habría estado allí mucho antes. Esta teoría tenía un componente ecologista que más de uno asoció con las civilizaciones posteriores en el Sur y el Norte de América.

La cercanía de los yacimientos Clovis a la población de Roswell, y a la célebre Zona 51 entre Nuevo México y Nevada, donde habría caído un artefacto alienígena, también alimentó hipótesis sobre la relación entre el ultraespacio y el origen del Hombre Americano. Además, toda ésta es la misma área de los Pueblos: un conjunto de ruinas, inmensas calzadas y caminos misteriosos entre Nuevo México, Nevada y Arizona, que se extendían hasta Florida y que habrían conectado las civilizaciones amerindias del Norte y del Sur.

El primero en contravenir con éxito la teoría norteamericana fue José María Cruxent.

 

Cruxent, el enólogo ilustrado.

“J.M. Cruxent”, como solía firmar, nació en Sarrià-San Gervasi, país catalán, en 1911. Participó en la batalla de Teruel del lado republicano y, perseguido a muerte, logró escapar en un barco maderero noruego rumbo a Venezuela. Llegó a Venezuela, como la mayor parte de los refugiados españoles, porque fue el primer (casi siempre el único) sitio donde lo recibieron.

El Sr. Cerceau, un amigo personal, solía decir:

“Cuando José María entró a Venezuela no sabía qué cosa iba a responder a la pregunta del agente de migración:  ‘¿Y Ud. qué hace?’. José María no tenía ningún oficio. Entonces, como le gustaba el bueno vino dijo ‘enólogo’ y el oficial respondió ‘ah muy bien, etnólogo’”.

Es posible que esta referencia sea solo una broma entre amigos… o no. Pero sí indica que Cruxent decidió hacerse arqueólogo autodidacta desde que llegó a Venezuela. En la Universidad de Barcelona había asistido solo a algunos cursos que le sirvieron de introducción. Él mismo lo dejó bien claro:

“En Venezuela me abren las puertas, me abren el corazón. Aquí encuentro lo que vine a buscar, porque vine como un inmigrante español que huía de la dictadura de Franco. Por todo eso yo le prometí a Venezuela darle su prehistoria, porque no la tenía, lo que había aquí sobre este tópico era muy poco. Venezuela me dio vida, me dio ilusión, ganas de vivir. Yo creí necesario cumplir con un deber, dar lo poco que sabía, yo venía a eso… Y cumplí.”

Venezuela ha inspirado mucho, tanto a sus inmigrantes como a sus propios nacionales. El petróleo ha formado parte importante de esta inspiración. Sin embargo, Cruxent no vaciló en dejar claro que iba agruparse con otro tipo de gente. Decía tajante: “No vine a buscar petróleo sino a sacrificarme por las ideas”.

Así, mientras Venezuela excavaba cada palmo de su territorio buscando fósiles negros para quemarlos, Cruxent exploraba y excavaba para encontrar las huellas de sus ancestros humanos, para aprender de ellos.

Su ingenio le hizo rápidamente destacar en el área científica. Levantó las primeras investigaciones sobre el antiguo venezolano, en contra de la actitud de su época y con pocos recursos. De él fue la primera y, hasta el momento, más importante cronología cerámica de ese país, la cual publicó junto Irving Rouse de la Universidad de Yale: Arqueología Cronológica de Venezuela. Allí estableció el valor de las sociedades mestizas, un valor que sobreviviría en la sociedad venezolana contemporánea: al integrar los estilos entendió que las culturas no se extendían unas en contra de otras, desplazando la idea de “cacicazgo dominante” sino que vivían muchas de ellas en interacción cultural, comercial y de parentesco. Ya entonces Cruxent desafiaba tímidamente las teorías de la arqueología que predominaron hasta fines del siglo XX.

Luego de su renovación, diseñada por el propio Raúl Villanueva, fue el segundo director del Museo de Ciencias, en el llamado “circuito cultural” de Caracas. Esto fue bajo el gobierno de la Junta progresista de la que formaba el General Delgado Chalbaud. Allí mantuvo su cargo hasta 1962, ya durante la Democracia. En los años 50 formó parte de una de las expediciones científicas míticas de Venezuela: El viaje a las cabeceras del Orinoco.  El viaje incluyó muestras hasta entonces únicas de fauna, flora y geología. Determinó por primera vez la ubicación exacta del Orinoco y con ello Venezuela sumó miles de hectáreas en sus límites con Brasil.

Con una expedición patrocinada por el propio Leopoldo III, emperador de Bélgica, exploró Africa Occidental entrando por el Congo y sistematizó una importante colección de arte africano que hoy se encuentra repartida entre Venezuela, Europa y África, y que ha viajado varias veces por el mundo.

En la isla de Cubagua desenterró las ruinas de Nueva Cádiz, la ciudad perlera que marcó la existencia colonial de Venezuela.

Con la Democracia, Cruxent se activó en movimientos culturales asociados a la revolución latinoamericana. Entonces, como si hubiese sido poco importante su contribución anterior, profundizó su vocación por la pintura, integrándose al grupo de artistas de izquierda El Techo de la Ballena y desarrolló, entre otras, una importante exposición de arte cinético. Expuso por vez primera en Maracaibo.

A diferencia del cinetismo de Soto y Cruz Diez, Cruxent usó la cámara óptica para una imaginación diferente, centrada en la naturaleza y el ser humano.

Luis Aragón escribió de su obra:

“Se necesita talento para mirar estas trampas sin quedar atrapado en ellas. Tal como los pájaros que, ya en la trampa, dejan de ser pájaros”.

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Cuando Cruxent se deshizo de las geometrías con las que simplificamos la estética moderna, en aparente contravía a los cinetistas venezolanos que poblaban plazas, ministerios y organismos multinacionales, aparece la realidad tal cual es representada por nosotros, los simples organismos pensantes. La obra cinética de Cruxent es un viaje al inicio celular del hombre. Cruxent había agregado un color particularmente novedoso a la obra cinética: quien la mira intuye que pertenece a un arqueólogo en tierra de nadie, un pasajero en la exhuberancia del Orinoco. A diferencia del optimismo cinético, anunciador de la modernidad petrolera, Cruxent nos preparó para imaginarnos la cultura, venida desde la profundidad de los tiempos.

Pero el aporte más importante de Cruxent aún no había concluido.

 

Un elefante se balancea en la cuerda del tiempo

En algún momento de la segunda mitad del siglo XX, Cruxent recibió información de restos arqueológicos en las tierras xerófitas de Falcón. En secreto revisa algunas pruebas y se empeña en conseguir financiamientos para un nuevo yacimiento, esta vez, datado mucho más adentro en el paleolítico.

Ya había probado suerte con muestras muy antiguas en la región de Lara, pero todos los yacimientos mostraban muchas debilidades como para sostener una nueva teoría.

Pero en la árida zona de Taima-Taima, en Falcón, 1962, Cruxent hace un hallazgo fundamental: una punta de flecha enterrada entre los huesos de un mastodonte.

La importancia de los estudios de punta de flechas hacen el yacimiento interesante para la academia norteamericana. La presencia de partes orgánicas del mastodonte, en una zona donde no se percibían otras muestras orgánicas contaminantes, era un perfecto cultivo para los carbonos.  Nada tan antiguo se había levantado allí, quizás por eso mucha gente creyó firmemente que se trataba de un trabajo perdido.

El radiocarbono arrojó resultados sorprendentes para la época: la punta había penetrado al elefante 13 mil años antes de nuestra era, es decir, a 15 mil años de este escrito… mucho más allá de Norteamérica, más allá del istmo de Panamá, en las costas quemantes del Sur del Caribe. Junto al mastodonte se encontraron varios objetos líticos, además raspadores de afilar, muchos de ellos usados para cazar fauna megateria. Alan Bryan de la Universidad de Alberta, Canadá, estudió este conjunto de piezas y habló del Hombre de Taima Taima.

El artículo de 1978 publicado junto a Sagrario Pérez Soto y Miguel Arroyo en la revista Science El Jobo Mastodon Kill at Taima-Taima, Venezuela, fue levantando lentamente la atención.

Yo supe de Taima Taima en 1996 durante un debate sobre Arqueología de América en la Universidad de Montreal. Allí se indicó, por primera vez para mi, que muchos arqueólogos consideraban ese yacimiento el único suficientemente sólido como para echar por tierra los miles de yacimientos en territorio norteamericano y todas su cronologías. Pero otra vez la debilidad de la teoría sudamericana se enfrentaba al irrefutable hecho de que era un yacimiento contra miles en Norteamérica, entre aficionados y científicos.

En 1992 Cruxent reconoció por enésima vez que nadaba a contracorriente y que el Estado venezolano no lucía mínimamente interesado en proteger el sitio. Sintiéndose profundamente vulnerable, en medio de intrigas científicas que asemejaban a las películas de espionaje, Cruxent aprovechó su prestigio y se comunicó con la organización de los 500 años del Encuentro (o Descubrimiento). La sede de República Dominicana se mostró interesada en tomar partido por la frágil pero creciente teoría de Cruxent e incluyó las evidencias originales, excavadas y trasplantadas en el Museo del Hombre Americano. Alguien alguna vez me comentó que la idea misma de fundar el museo durante los eventos de los 500 años provino de la necesidad de acoger las piezas.

Los vacíos legales aun presentes en la Venezuela de la época permitieron este giro considerado salvador de la colección y, al mismo tiempo, una jugada que haría célebre a Taima Taima.

 

El camino de los genes muertos

Luego de Taima Taima aparecieron nuevas excavaciones y la actitud hacia las anteriores también cambió. La idea de que el Hombre ya estaba mucho antes en el continente se había posicionado mejor. Aquel incómodo debate de la Universidad de Montreal estaba mostrando que el final del siglo XX también llegaba a las teorías arqueológicas sobre el tema y las nuevas generaciones eran más proclives a nuevas lecturas.

La discusión se hizo más compleja y prolífica, aunque no será tema de esta nota. Lo importante es apuntar que la técnica arqueológica fue atravesando los milenios y levantó hipótesis cada vez más confiables acerca de un humano americano mucho más antiguo, hasta el vértigo de los 60.000 años, cuando el yacimiento brasileño de Pedra Furada volvió a ganar algún consenso.

En base a algunos instrumentos líticos encontrados en Canadá, se ha incluso aventurado la idea de que pudo haber llegado con glaciaciones anteriores, hace 300.000 años.

Pero en los años ‘80 Méndez, Wallace, Neel, Bonatto y Salzano, en diferentes investigaciones, introdujeron un elemento totalmente diferente al análisis. Se estableció que el ADN evolucionaba como un reloj, de tal modo que cada tantos miles de años se hacían cambios cíclicos en la estructura molecular que son visibles en los genes vivientes de hoy.

Estos estudios pudieron establecer varias oleadas migratorias y, finalmente, determinar que el Hombre Americano entró entre 13 mil y 15 años por el Estrecho de Bering.

Entre los yacimientos consistentes con la prueba genética son, precisamente algunas evidencias de entre el chileno Monte Verde, y el venezolano Taima Taima-El Jobo.

Cuando lo supe, no pude evitar relacionarlo con los pueblos con los que he trabajado, entre ellos, los wayúu. Éstos viven hoy en un desierto gemelo al falconiano, del otro lado del común Golfo de Venezuela. Desde allí miran el cielo y señalan la Vía Láctea. Según ellos, es allí donde se elevan sus ancestros muertos hasta su mundo, por ello Michel Perrin escribió aquel importante libro El Camino de los Indios Muertos. De algún modo, los wayúu habían tenido razón.

Las evidencias de la antigüedad no estaban en las piedras y los huesos que lucían los museos, sino en su interior, en el perfil molecular que nos hace iguales piedra, humano y estrella. En el polvo. En la célula.

Posiblemente y sin saberlo, Cruxent había dado con las pruebas de la antigüedad humana en la cinética celular de sus pinturas que, como trampas del ojo, recuerdan nuestra pequeñez ante la inmensidad de las pruebas molecular, celular y espiritual.

 

El Carbono Cruxent

 

“(…) Desde luego, tengo conciencia que cada una de mis creaciones contiene también algo de una auténtica micro-auto-biografía-espiritual, de un momento de mi vida, pleno de sensualidad. Incluso los medios y maneras que empleo son testimonios de mi forma de ser y de lo dado que soy a las búsquedas –según algunos insensatos–. En el largo caminar de mi trabajo, presiento que lo inexistente quizás existe y lo imaginario quizás es tangible”.

J.M. Cruxent

El 23 de febrero del 2005 Cruxent murió a los 95 años en su casa de Coro, la capital de Falcón, investigando.

En el 2011 habría cumplido 100 años. Había sido galardonado por el Rey Juan Carlos durante los eventos de los 500 años, trabajó para el Smithsonian Institute, Yale University, Pennsylvania University, Utah University, UCV, IVIC, Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales. Recibió el Premio Nacional de Ciencias, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Francisco de Miranda y fue catedrático honorario de la Universidad del Cuzco. En 1953 fue fundador y profesor de la cátedra de arqueología de la Escuela de Sociología de la UCV en las materias de introducción a la arqueología y arqueología venezolana. Fue designado miembro correspondiente de la Real Academia de Letras de España.

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Sin embargo, decidió al final de su vida dedicar toda su obra al Estado Falcón y sus desiertos, la ciudad patrimonial de Coro, a ese yacimiento hundido en la inmensidad del tiempo, y a su gente sencilla que tanto quiso.

Estaba hecho de otro material, radioactivo pero sensible. Otro tipo de carbono que se esconde en el nuestro.

Fotos: https://www.facebook.com/Cruxent, Dinah Bromberg, Luis González
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El estilo.

pantano reposado

El estilo.

El estilo es como el agua.

Cayendo sobre los hombros de una mujer que se ducha, hace mariposas. Lloviendo sobre Paris es tópica y desconsoladora. Saltando el Orinoco brilla como pámpanos marinos y enmudece.  Corriendo serena entre selvas palafíticas es ancestral, reconciliadora, pacificante. En mi sangre hirviente tiene el agudo sabor del cuchillo.

El estilo no está en los perfumes ni en la cristalería de Bohemia. Está en la inspiración de personas que como nosotros fabricamos esas cosas. La misma inspiración que nos provoca un poema, un buen día, una jugada de suerte, una papaya abriéndose en días de calor.

El estilo no es exclusivo, pues se contagia. Hay gente que tiene estilo solo por existir. Hay gente que lo ha creado con precisión y tenacidad. Los hay quienes lo tienen solo cuando son malos, muy malos. Y hay lo contrario.

El estilo es propio, prestado, benefactor y maleficio. Correspondido y solitario.

Yo admiro el estilo, el carisma, el vigor del verbo, la prestancia y la audacia, ahí donde esté, porque sugiere  la punta de un hilo muy largo que alcanza el tejido universal.

Pero no me dejo dominar por él.

Qué pequeña es la luz de los que solo tienen estilo, para aquellos que hemos probado la verdad a borbotones.

 

Foto: Sara Aniyar

Morir

Morir no afea.

ojo cerrado

No hace daño a nadie, por sí mismo.

Morir es bueno para la tierra.

Enseña a los demás a decir adiós y a vivir sus propias vidas.

Morir transforma la memoria de los vivos y nos estimula la imaginación.

Morir es,  de hecho, más barato que vivir. Más discreto. Más poético. Más misterioso e interesante.

Concentra el cariño de los que te quieren y puede despertar el respeto de los que te odian.

Morir está bien. Disipa las sombras enormes que dejan los padres y patriarcas.

Disipa la pesada experiencia de los mayores y da una oportunidad a la experiencia de los vivos.

Morir es reciclar. ¿Se imaginan ustedes a los poderosos viviendo eternamente?.

La muerte es un reloj que eleva el estándar moral de la humanidad.

La Neurona-Espejo

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¿Por qué ver comer da hambre? ¿Por qué una sonrisa amorosa despierta amor?

¿Por qué una ofensa genera otra?

¿Por qué el llanto del bebé produce leche en el seno materno? ¿Por qué el éxito produce emulación y envidia?

¿Por qué se oscurece el que maldice? ¿Por qué el que bendice parece como abrir una puerta?

¿Por qué los colores vivos nos invaden? ¿Por qué los tonos mayores y alegres compensan la tristeza del día? ¿Por qué la delicada voz del amante nos calma?

¿Por qué motiva tanto la libertad? ¿Por qué la sexualidad inspira más sexo? ¿Por qué los hombres son atraídos por la ternura femenina y sus esferas? ¿Por qué las mujeres encuentran belleza en hombres que no parecen tenerla? ¿Por qué pocas palabras cambian la mente y el alma? ¿Por qué se ama [o se odia] a los padres?

¿Por qué da más el que intercambia? ¿Por qué entran todos los universos, incluso desconocidos, en nuestros sueños? ¿Por qué se da perdón y gracias en todas las condiciones humanas? ¿Por qué se saludan todas las mañanas en cada parte del mundo?

¿A qué leyes de la naturaleza pertenecemos, que los más sesudos científicos no saben explicar?

¿Por qué crezco cuando me acaricias?


¿Por qué?

Xerox.

mao recortado

No sirve de nada vestirnos de gente grande y procurar el aplauso de millones. No sirve usar nuestra más fiera voz y regalar abundantes cosas para que nos amen. No basta ser salvador, guerrero y rugir con los brazos abiertos. El hombre de grandes gestos es un hombre sin rostro propio, como aquel fantasma de Chihiro, en la película  de Miyazaki. Necesita de espejos públicos, edificios, proezas, verbi-elocuencias para saber que existe. Porque no sabe oírse.

Los que le siguen no dependen de sus propios méritos, sino del aura de fascinación que desprenden su verbo y regalos.

El hombre grande tiene una máscara y, detrás, no hay nada. Se mimetiza en lo que el aplauso quiere y por eso necesita esa máscara, para no verse más nunca en verdad.

Es sagaz para no avanzar. Anda a toda a prisa al mismo sitio de donde partió. Genera un amor que mueve todo pero no hace que las cosas se transformen realmente.

Jung decía que somos sicóticos porque perdimos la capacidad de transformarnos en otra cosa.

Por ello, la esquizofrenia no es cuando cambiamos nuestra identidad por una diferente, sino cuando nos transformamos en algo que nos aliena.

Es cierto: Los warao tocan melodías con sus flautas que son, ellas mismas, jebus, espíritus. Los yanomami se convierten en tigres cuando los representan, no son actores. Los cabalistas ascendieron por las escaleras de los ángeles del cielo, no se lo imaginaron.  Los jíbaros –los ashuar– son hermanos de sangre de los animales que les escogieron en la selva. Los primeros abuelos cazadores debieron convertirse en animales tan audaces y feroces como sus contrincantes y, quizás por ello estamos nosotros aquí.

No eran esquizofrénicos. Eran ángeles valientes que no necesitaban del aplauso para saber el camino. Eran héroes verdaderos, sin espectáculo.

Nuestros ancestros fueron santos, a su modo. No era su oficio, era verdad. No usaban la ropa de otros guerreros ni imitaban sus acentos. Habitaban realmente el sentido de la grandeza, aquí y ahora.

No eran gente Xerox, de esos con poco tonner.

Los juicios

barco a lo lejos

Los barcos me atraen, me llevan lejos.

No hay manera de que atraviese un puente sobre aguas y no haga silencio.

Las grandes masas oceánicas poderosas y en movimiento, me causan terror y fascinación.

Una mujer u hombre sencillo, de ademanes bondadosos y sonrisa ligera, me hace sonreír.

El concepto de Dios me estremece.

La música me rapta.

Un niño al borde de un abismo despierta todas mis alarmas.

No puedo evitar actuar si alguien va a herir a una persona querida.

Las películas románticas me dan aliento.

Nunca estoy dispuesto a dejarme dominar por una película de terror.

La luna y la lluvia me hipnotizan.

Las grandes montañas me inspiran a conocerlas.

La velocidad es una droga que despierta.

Desconfiar me tortura, aunque sé que es a veces necesario.

Ni mi país ni mi familia me son indiferentes, aunque a veces demuestre lo contrario.

Soy comedido con el poder, nunca es infinito.

Conocer me maravilla.

Escribir me exalta y me calma a la vez.

Creo que es más profundo el amor ritual que el de los fulgurantes encuentros.

Ningunas de esas cosas me fueron enseñadas explícitamente. Las he aprendido porque hay juicios dentro de mi que se despertaron naturalmente al contacto con el mundo. Yo comparto éstas y muchas cosas parecidas con Ud. ¿No es cierto?

En el Sinaí, Dios le dijo a Moisés  “expondrás estos juicios” (1 versículo de Mishpatim), cuando presentó los Mandamientos.

En esa frase no dijo “órdenes”, “leyes”, dijo: “juicios”[1], como si ya hubieran estado dentro de todos nosotros. En otras palabras, aquel día Dios ordenó que escucháramos nuestros juicios, no la cosa juzgada. Los juicios más puros, dentro de nosotros.

El Bhagavad Guita de los hindúes dice “es mejor vivir tu destino imperfectamente que vivir la imitación de la vida de alguien más con perfección”.

¿Por qué? porque la vida está a la espera de ser escuchada, allí, en su propia naturaleza.

En ese mismo sitio donde todos los humanos nos reconocemos como hijos de un mismo impulso.


[1] Mishpatim, otros los traducen como “ordenanzas”.

Foto: Sara Aniyar

La pureza, lo perfecto

IMG_6897Todos sabemos que la pureza no existe. Es una abstracción matemática cuyos resultados no son más que aproximaciones, si acaso.

Sin embargo, por la pureza hemos sido esclavizados.  Por la pureza de los santos hemos sido demonizados y torturados. Por la pureza de los dioses, los griegos se creían tributarios y declaraban la guerra a los bárbaros. Por la pureza de la calificación, algún profesor consumó su venganza contra el estudiante. Por la pureza de la ciencia, se nos declaró enfermos: locos, homosexuales, inferiores, estúpidos. Por la pureza del revolucionario, fuimos arrastrados a campos de concentración, a gulags, al oprobio de ser alienados perpetuos. Alienados nosotros, nuestra próximas generaciones, nuestros hermanos, padres y nietos.

Depurarse, mejorar o evolucionar son impulsos espontáneos de vida. Pero ser puros, perfectos, evolucionados o verdaderos revolucionarios, han sido impulsos de muerte.

Las Escrituras no tienen culpa de esto. Jesús pensó que el Dios-padre del cristianismo le había abandonado. David tuvo relaciones con la mujer de su mejor amigo. Jacob y su madre engañaron al propio Isaac para obtener la bendición de la primogenitura. Abraham vivió varias veces en Egipto, esto es, fuera de la tierra que le fue prometida por el Mismo Eterno. Así que la búsqueda de la santidad es también el resultado de nuestras desviaciones.

La ciencia tampoco tiene la culpa. El rigor científico ha echado por tierra decenas de veces los supuestos con los que se habían construido las grandes academias. Newton, Galileo, Darwin y Linneo están entrando al museo de la historia antigua pues muchas de sus premisas están seriamente cuestionadas hoy. No hay nada que la ciencia pueda comprender sin pasar por ilusiones.

El socialismo tampoco. Es evidente que el deseo de una sociedad más justa y democrática no fue lo que impulsó a los totalitarismos soviético y chino, así como la imagen del revolucionario dista mucho de ser una herramienta práctica en la Cuba o la Venezuela real.

Entonces, ¿Por qué nos han hecho tanto sufrir en nombre de la pureza?

Porque creemos que existe. Somos nosotros el problema. Creemos que el Eterno, la Revolución, la Ciencia o la Evolución no nos deben perdonar, pues no somos perfectos ni sanos ni puros.  Y aceptamos las desgracias como un bulto más de nuestras miserias.

Pero lo único que existe somos nosotros: santos porque somos reales, revolucionarios porque nos transformamos aunque no queramos, superiores porque no hay ningún dedo acusador por encima de nosotros (los que creemos, sabemos que Dios es mucho más visible en nuestra propia libertad y felicidad) y… sanos porque estamos vivos.

La pureza no es ninguna utopía, es una trampa. Nosotros somos posibles, ella no.

foto: Sara Aniyar