La deuda por venir: El debate más grave y silencioso de Venezuela

Daniel Castro Aniyar

 

Ricardo Hausmann, representante venezolano ante el Banco Interamericano de Desarrollo, economista alguna vez de AD, y hoy profesor en Harvard, dice que para reconstruir Venezuela será necesario mayor financiamiento internacional. Siendo que Venezuela ya tiene la deuda más alta del mundo en relación a su PIB, una nueva deuda sería seguramente la más alta de las deudas en la historia de las deudas, o estaría muy cerca de ese infeliz mérito. Pero, lo que más preocupa es porqué a nadie preocupa que, el BID o el FMI, se esté hablando de más y mayores préstamos.

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Casi todos los venezolanos comparten el deseo de salir de Maduro, incluyendo muchos chavistas que no lo pueden decir. Éstos, incluso, deben decir lo contrario, para que la máquina del favoritismo boliburgués no deje de funcionar, único mérito funcional de un sistema que no funciona.

Todos los sectores saben y recitan que la solución pasa por la recuperación del aparato productivo nacional.

Pero, desde el aumento de los precios petroleros en el 2003-2004, Venezuela no ha hecho más recibir fondos extraordinarios y opulentos. La fuente no solo es petróleo, sino fundamentalmente, deuda: el Fondo Conjunto Chino, los bonos tercerizados por Hong Kong, la CAF, Putin prestando a regañadientes, el famoso “millardito” del BCV (que creo que llevó a la muerte al mismo Maza Zavala), los incesantes, casi trimestrales, créditos extraordinarios de la Asamblea Nacional rojita y cientos de otras macabras anécdotas.

Tanto flujo de dinero y un mercado cambiario rígido levantaron una demanda grosera que impactó al sistema produciendo una inflación de cerca del 50% anual por casi 7 años, devaluación continua, sangría de capitales, y el cierre de miles de empresas. No es más que el conocido efecto del recalentamiento Keynesiano, y su versión petrolera: la Enfermedad Holandesa.

Cuando los precios cayeron y se inició el cobro abrumador de las deudas, el efecto de la enfermedad holandesa no decayó, sino que se intensificó. Es el período llamado Madurismo. Mucho dinero en pocas manos, muchos dólares en grupos privilegiados, de fuentes inorgánicas (extracción de minerales, gasto público, contrabando, manejo de divisas…), metidos a empujones en un sistema que no los puede absorber, disparan los precios hasta los cielos y, sin la contraparte de un aparato nacional que le dé respuesta a esa grosera demanda, la seguridad alimentaria se desploma, amarrada al lastre de los graves problemas de autosuficiencia productiva. Todo se va por la cañería ante los ojos indolentes de un puñado de privilegiados que se aprovechan del sufrimiento ajeno para tener riqueza relativa.

Esto es, no solo aparecen los nuevos ricos, sino que la pobreza de los vecinos te hace aún más rico. Venezuela se hizo incalculablemente desigual. El 80% de los ciudadanos fueron borrados de las cuentas nacionales, porque hoy son marginales: ni consumen ni producen.

Visto así: ¿Hay que aumentar el crédito internacional? ¿Y, si se hace, hasta dónde hay que hacerlo? Esta es la pregunta más grave de la economía venezolana en este momento, y nadie la está debatiendo. Las gigantescas riquezas no absorbidas son la principal causa de la debacle. A eso, favor salpicar corrupción e ineptitud. Las riquezas fueron recibidas con criterios político-populistas, por lo que nunca hubieran permitido la siembra del petróleo. Sabiendo esto, y que no hay con qué pagar a chinos y rusos… ¿Cuánto más se podrá endeudar Venezuela ?

La deuda es la gran enemiga del sistema venezolano. Pero es la amiga de los imperios, desde la Guerra del Opio en la antigua Manchuria. Si la deuda con los imperialismos ruso y chino es astronómica, los EEUU podrán querer una deuda aun superior. La deuda externa ha tenido un propósito político y esclavizante en la historia contemporánea. Sobre-endeudarse es una manera de sobre-esclavizarse.

Sobre-endeudarse obligará al país a pagar lo que no tiene, a ahogar la posibilidad de resurgir, y, lo peor, a mostrar una fingida mueca de agradecimiento para quien se aproveche de la desgracia.

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El Carbono Cruxent

Artículo para la exposición “Catalanes en el Orinoco”

Museo Etnológico de Barcelona.

Daniel Castro Aniyar

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No es posible contar la historia de Cruxent sin algún componente épico,  porque él mismo quiso vivirla de ese modo. Como en los relatos de los caballeros andantes, José María Cruxent fue un hombre fuerte, carismático, genial, indeclinable y conflictivo hasta el día de su muerte, en el 2005, en una casa de la región agreste de Falcón. Con más de doscientos títulos publicados entre artículos y libros,  levantó el polvo de las leyendas en el entorno científico, en los estudiantes y en los nuevos caballeros andantes que le sucedieron. Además, como si esto no fuera suficiente, fue quizás el arqueólogo más importante de América. Esta, modestamente, es su historia.

La antigüedad del primer americano

La arqueología americanista había debatido por décadas la base toda su disciplina: el origen del Hombre Americano. En casi todos las escuelas secundarias del continente los estudiantes se encontraban con una discusión que entrañó años de esfuerzos, financiamiento e imaginación, por lo menos, a las academias estadounidense, argentina, mexicana y francesa. Los peruanos y brasileños entraron luego. ¿Provenía el primer americano de Asia o era autóctono, como sostenían algunos científicos argentinos? Y si vino de Asia ¿Cómo llegó? ¿Navegando hasta Las Galápagos?¿Por las placas de hielo que habrían unido Australia con Chile? ¿Por las placas que conectaron las aún gélidas Kamchatka y Alaska? Y de ser así, ¿Por qué los Innuit no se asemejan lo suficiente a sus pares del resto del continente?

Durante muchos años las evidencias fueron abultando el saco de la teoría norteamericana, la cual proponía que el Hombre Americano entró por el Estrecho Bering. La mayor parte de los yacimientos datables consisten en puntas de flecha en Norte América. Con el tiempo, tales yacimientos se hicieron muy numerosos y el trabajo de los científicos norteamericanos adquirió una enorme ventaja por esta incesante aparición de puntas de flecha en todo el sub-continente. Eran tantos los yacimientos que el trabajo realmente consistió en la cronologización de estas puntas. El Carbono 14 estableció la mayor antigüedad en un estilo llamado “Clovis”, por el nombre del poblado Texano/Nuevomexicano que se acercaba al yacimiento. La proliferación de puntas Clovis coadyuvó a que se llamara Cultura Clovis a los usuarios de estas puntas en su lucha por obtener comida de la megafauna paleolítica. Por todo ello se había convenido que la teoría más satisfactoria sobre el poblamiento de América era: “vinieron de Asia por el Estrecho de Bering alrededor de los 9.500 años antes de nuestra era”. La edad de la Cultura Clovis.

En otras palabras, si los yacimientos más numerosos consisten en puntas de flecha con restos de animales cazados hace 11.500 años, difícilmente se podría sacar otra conclusión. Luego, por razón de las glaciaciones y de la redefinición del año del radiocarbono, se corrigió la teoría hasta hace 13 mil años. Fue una teoría sólidamente afianzada por la propia academia norteamericana.

Pero no era incontestada. Los arqueólogos latinoamericanos y europeos habían encontrado al menos en Monte Verde II (Chile) y Pedra Furada (Brasil) yacimientos aislados que hablaban del doble del tiempo: 30.000 y mucho más allá. Además, si la teoría partía de que la entrada fue por el Norte del continente, los 30.000 años en Chile o los 60.000 años en Brasil requerirían datar la entrada mucho antes.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa arqueología norteamericana respondió acusando a los yacimientos latinoamericanos de contaminados y mal levantados. En algún momento se habló de una botella de refresco cerca del yacimiento. Este debate fue agrio y opuso a ambas academias por mucho tiempo, esto es, al menos desde los años 30, fecha en la que se estableció la antigüedad de Clovis, hasta los años 80.


El debate no dejó de acumular un lado novelístico. Los yacimientos latinoamericanos trataron de sostener la idea de que el primer Hombre Americano usaba la madera y otros utensilios orgánicos que, lamentablemente, se biodegradaban con los siglos. La presencia de puntas de flecha de piedra solo indicaba que se usaron piedras en ese período y en esa zona, y no refutaba la hipótesis de que el humano habría estado allí mucho antes. Esta teoría tenía un componente ecologista que más de uno asoció con las civilizaciones posteriores en el Sur y el Norte de América.

La cercanía de los yacimientos Clovis a la población de Roswell, y a la célebre Zona 51 entre Nuevo México y Nevada, donde habría caído un artefacto alienígena, también alimentó hipótesis sobre la relación entre el ultraespacio y el origen del Hombre Americano. Además, toda ésta es la misma área de los Pueblos: un conjunto de ruinas, inmensas calzadas y caminos misteriosos entre Nuevo México, Nevada y Arizona, que se extendían hasta Florida y que habrían conectado las civilizaciones amerindias del Norte y del Sur.

El primero en contravenir con éxito la teoría norteamericana fue José María Cruxent.

 

Cruxent, el enólogo ilustrado.

“J.M. Cruxent”, como solía firmar, nació en Sarrià-San Gervasi, país catalán, en 1911. Participó en la batalla de Teruel del lado republicano y, perseguido a muerte, logró escapar en un barco maderero noruego rumbo a Venezuela. Llegó a Venezuela, como la mayor parte de los refugiados españoles, porque fue el primer (casi siempre el único) sitio donde lo recibieron.

El Sr. Cerceau, un amigo personal, solía decir:

“Cuando José María entró a Venezuela no sabía qué cosa iba a responder a la pregunta del agente de migración:  ‘¿Y Ud. qué hace?’. José María no tenía ningún oficio. Entonces, como le gustaba el bueno vino dijo ‘enólogo’ y el oficial respondió ‘ah muy bien, etnólogo’”.

Es posible que esta referencia sea solo una broma entre amigos… o no. Pero sí indica que Cruxent decidió hacerse arqueólogo autodidacta desde que llegó a Venezuela. En la Universidad de Barcelona había asistido solo a algunos cursos que le sirvieron de introducción. Él mismo lo dejó bien claro:

“En Venezuela me abren las puertas, me abren el corazón. Aquí encuentro lo que vine a buscar, porque vine como un inmigrante español que huía de la dictadura de Franco. Por todo eso yo le prometí a Venezuela darle su prehistoria, porque no la tenía, lo que había aquí sobre este tópico era muy poco. Venezuela me dio vida, me dio ilusión, ganas de vivir. Yo creí necesario cumplir con un deber, dar lo poco que sabía, yo venía a eso… Y cumplí.”

Venezuela ha inspirado mucho, tanto a sus inmigrantes como a sus propios nacionales. El petróleo ha formado parte importante de esta inspiración. Sin embargo, Cruxent no vaciló en dejar claro que iba agruparse con otro tipo de gente. Decía tajante: “No vine a buscar petróleo sino a sacrificarme por las ideas”.

Así, mientras Venezuela excavaba cada palmo de su territorio buscando fósiles negros para quemarlos, Cruxent exploraba y excavaba para encontrar las huellas de sus ancestros humanos, para aprender de ellos.

Su ingenio le hizo rápidamente destacar en el área científica. Levantó las primeras investigaciones sobre el antiguo venezolano, en contra de la actitud de su época y con pocos recursos. De él fue la primera y, hasta el momento, más importante cronología cerámica de ese país, la cual publicó junto Irving Rouse de la Universidad de Yale: Arqueología Cronológica de Venezuela. Allí estableció el valor de las sociedades mestizas, un valor que sobreviviría en la sociedad venezolana contemporánea: al integrar los estilos entendió que las culturas no se extendían unas en contra de otras, desplazando la idea de “cacicazgo dominante” sino que vivían muchas de ellas en interacción cultural, comercial y de parentesco. Ya entonces Cruxent desafiaba tímidamente las teorías de la arqueología que predominaron hasta fines del siglo XX.

Luego de su renovación, diseñada por el propio Raúl Villanueva, fue el segundo director del Museo de Ciencias, en el llamado “circuito cultural” de Caracas. Esto fue bajo el gobierno de la Junta progresista de la que formaba el General Delgado Chalbaud. Allí mantuvo su cargo hasta 1962, ya durante la Democracia. En los años 50 formó parte de una de las expediciones científicas míticas de Venezuela: El viaje a las cabeceras del Orinoco.  El viaje incluyó muestras hasta entonces únicas de fauna, flora y geología. Determinó por primera vez la ubicación exacta del Orinoco y con ello Venezuela sumó miles de hectáreas en sus límites con Brasil.

Con una expedición patrocinada por el propio Leopoldo III, emperador de Bélgica, exploró Africa Occidental entrando por el Congo y sistematizó una importante colección de arte africano que hoy se encuentra repartida entre Venezuela, Europa y África, y que ha viajado varias veces por el mundo.

En la isla de Cubagua desenterró las ruinas de Nueva Cádiz, la ciudad perlera que marcó la existencia colonial de Venezuela.

Con la Democracia, Cruxent se activó en movimientos culturales asociados a la revolución latinoamericana. Entonces, como si hubiese sido poco importante su contribución anterior, profundizó su vocación por la pintura, integrándose al grupo de artistas de izquierda El Techo de la Ballena y desarrolló, entre otras, una importante exposición de arte cinético. Expuso por vez primera en Maracaibo.

A diferencia del cinetismo de Soto y Cruz Diez, Cruxent usó la cámara óptica para una imaginación diferente, centrada en la naturaleza y el ser humano.

Luis Aragón escribió de su obra:

“Se necesita talento para mirar estas trampas sin quedar atrapado en ellas. Tal como los pájaros que, ya en la trampa, dejan de ser pájaros”.

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Cuando Cruxent se deshizo de las geometrías con las que simplificamos la estética moderna, en aparente contravía a los cinetistas venezolanos que poblaban plazas, ministerios y organismos multinacionales, aparece la realidad tal cual es representada por nosotros, los simples organismos pensantes. La obra cinética de Cruxent es un viaje al inicio celular del hombre. Cruxent había agregado un color particularmente novedoso a la obra cinética: quien la mira intuye que pertenece a un arqueólogo en tierra de nadie, un pasajero en la exhuberancia del Orinoco. A diferencia del optimismo cinético, anunciador de la modernidad petrolera, Cruxent nos preparó para imaginarnos la cultura, venida desde la profundidad de los tiempos.

Pero el aporte más importante de Cruxent aún no había concluido.

 

Un elefante se balancea en la cuerda del tiempo

En algún momento de la segunda mitad del siglo XX, Cruxent recibió información de restos arqueológicos en las tierras xerófitas de Falcón. En secreto revisa algunas pruebas y se empeña en conseguir financiamientos para un nuevo yacimiento, esta vez, datado mucho más adentro en el paleolítico.

Ya había probado suerte con muestras muy antiguas en la región de Lara, pero todos los yacimientos mostraban muchas debilidades como para sostener una nueva teoría.

Pero en la árida zona de Taima-Taima, en Falcón, 1962, Cruxent hace un hallazgo fundamental: una punta de flecha enterrada entre los huesos de un mastodonte.

La importancia de los estudios de punta de flechas hacen el yacimiento interesante para la academia norteamericana. La presencia de partes orgánicas del mastodonte, en una zona donde no se percibían otras muestras orgánicas contaminantes, era un perfecto cultivo para los carbonos.  Nada tan antiguo se había levantado allí, quizás por eso mucha gente creyó firmemente que se trataba de un trabajo perdido.

El radiocarbono arrojó resultados sorprendentes para la época: la punta había penetrado al elefante 13 mil años antes de nuestra era, es decir, a 15 mil años de este escrito… mucho más allá de Norteamérica, más allá del istmo de Panamá, en las costas quemantes del Sur del Caribe. Junto al mastodonte se encontraron varios objetos líticos, además raspadores de afilar, muchos de ellos usados para cazar fauna megateria. Alan Bryan de la Universidad de Alberta, Canadá, estudió este conjunto de piezas y habló del Hombre de Taima Taima.

El artículo de 1978 publicado junto a Sagrario Pérez Soto y Miguel Arroyo en la revista Science El Jobo Mastodon Kill at Taima-Taima, Venezuela, fue levantando lentamente la atención.

Yo supe de Taima Taima en 1996 durante un debate sobre Arqueología de América en la Universidad de Montreal. Allí se indicó, por primera vez para mi, que muchos arqueólogos consideraban ese yacimiento el único suficientemente sólido como para echar por tierra los miles de yacimientos en territorio norteamericano y todas su cronologías. Pero otra vez la debilidad de la teoría sudamericana se enfrentaba al irrefutable hecho de que era un yacimiento contra miles en Norteamérica, entre aficionados y científicos.

En 1992 Cruxent reconoció por enésima vez que nadaba a contracorriente y que el Estado venezolano no lucía mínimamente interesado en proteger el sitio. Sintiéndose profundamente vulnerable, en medio de intrigas científicas que asemejaban a las películas de espionaje, Cruxent aprovechó su prestigio y se comunicó con la organización de los 500 años del Encuentro (o Descubrimiento). La sede de República Dominicana se mostró interesada en tomar partido por la frágil pero creciente teoría de Cruxent e incluyó las evidencias originales, excavadas y trasplantadas en el Museo del Hombre Americano. Alguien alguna vez me comentó que la idea misma de fundar el museo durante los eventos de los 500 años provino de la necesidad de acoger las piezas.

Los vacíos legales aun presentes en la Venezuela de la época permitieron este giro considerado salvador de la colección y, al mismo tiempo, una jugada que haría célebre a Taima Taima.

 

El camino de los genes muertos

Luego de Taima Taima aparecieron nuevas excavaciones y la actitud hacia las anteriores también cambió. La idea de que el Hombre ya estaba mucho antes en el continente se había posicionado mejor. Aquel incómodo debate de la Universidad de Montreal estaba mostrando que el final del siglo XX también llegaba a las teorías arqueológicas sobre el tema y las nuevas generaciones eran más proclives a nuevas lecturas.

La discusión se hizo más compleja y prolífica, aunque no será tema de esta nota. Lo importante es apuntar que la técnica arqueológica fue atravesando los milenios y levantó hipótesis cada vez más confiables acerca de un humano americano mucho más antiguo, hasta el vértigo de los 60.000 años, cuando el yacimiento brasileño de Pedra Furada volvió a ganar algún consenso.

En base a algunos instrumentos líticos encontrados en Canadá, se ha incluso aventurado la idea de que pudo haber llegado con glaciaciones anteriores, hace 300.000 años.

Pero en los años ‘80 Méndez, Wallace, Neel, Bonatto y Salzano, en diferentes investigaciones, introdujeron un elemento totalmente diferente al análisis. Se estableció que el ADN evolucionaba como un reloj, de tal modo que cada tantos miles de años se hacían cambios cíclicos en la estructura molecular que son visibles en los genes vivientes de hoy.

Estos estudios pudieron establecer varias oleadas migratorias y, finalmente, determinar que el Hombre Americano entró entre 13 mil y 15 años por el Estrecho de Bering.

Entre los yacimientos consistentes con la prueba genética son, precisamente algunas evidencias de entre el chileno Monte Verde, y el venezolano Taima Taima-El Jobo.

Cuando lo supe, no pude evitar relacionarlo con los pueblos con los que he trabajado, entre ellos, los wayúu. Éstos viven hoy en un desierto gemelo al falconiano, del otro lado del común Golfo de Venezuela. Desde allí miran el cielo y señalan la Vía Láctea. Según ellos, es allí donde se elevan sus ancestros muertos hasta su mundo, por ello Michel Perrin escribió aquel importante libro El Camino de los Indios Muertos. De algún modo, los wayúu habían tenido razón.

Las evidencias de la antigüedad no estaban en las piedras y los huesos que lucían los museos, sino en su interior, en el perfil molecular que nos hace iguales piedra, humano y estrella. En el polvo. En la célula.

Posiblemente y sin saberlo, Cruxent había dado con las pruebas de la antigüedad humana en la cinética celular de sus pinturas que, como trampas del ojo, recuerdan nuestra pequeñez ante la inmensidad de las pruebas molecular, celular y espiritual.

 

El Carbono Cruxent

 

“(…) Desde luego, tengo conciencia que cada una de mis creaciones contiene también algo de una auténtica micro-auto-biografía-espiritual, de un momento de mi vida, pleno de sensualidad. Incluso los medios y maneras que empleo son testimonios de mi forma de ser y de lo dado que soy a las búsquedas –según algunos insensatos–. En el largo caminar de mi trabajo, presiento que lo inexistente quizás existe y lo imaginario quizás es tangible”.

J.M. Cruxent

El 23 de febrero del 2005 Cruxent murió a los 95 años en su casa de Coro, la capital de Falcón, investigando.

En el 2011 habría cumplido 100 años. Había sido galardonado por el Rey Juan Carlos durante los eventos de los 500 años, trabajó para el Smithsonian Institute, Yale University, Pennsylvania University, Utah University, UCV, IVIC, Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales. Recibió el Premio Nacional de Ciencias, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Francisco de Miranda y fue catedrático honorario de la Universidad del Cuzco. En 1953 fue fundador y profesor de la cátedra de arqueología de la Escuela de Sociología de la UCV en las materias de introducción a la arqueología y arqueología venezolana. Fue designado miembro correspondiente de la Real Academia de Letras de España.

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Sin embargo, decidió al final de su vida dedicar toda su obra al Estado Falcón y sus desiertos, la ciudad patrimonial de Coro, a ese yacimiento hundido en la inmensidad del tiempo, y a su gente sencilla que tanto quiso.

Estaba hecho de otro material, radioactivo pero sensible. Otro tipo de carbono que se esconde en el nuestro.

Fotos: https://www.facebook.com/Cruxent, Dinah Bromberg, Luis González